Expedientes de abusos

La historia de un caso de crimen organizado en el Vaticano

La responsabilidad del Vaticano en los casos de abusos sexuales es mucho mayor de lo que se cree. Así lo revelan documentos secretos de una investigación a nivel mundial realizada por CORRECTIV. Joseph Ratzinger, que más tarde se convertiría en el papa Benedicto XVI, desempeñó un papel especial. A la luz de los nuevos hallazgos, los expertos reclaman acceso a los archivos secretos del Vaticano.

Cuando monseñor Damiano Marzotto Caotorta lee las primeras líneas de la carta, permanece en silencio. Hasta ese momento, se había pasado casi una hora hablando, explicando, riendo y contando anécdotas de tiempos pasados. Ahora se queda callado. Lee. Sus delgados dedos se apoyan concentrados en su boca. «Es extraño», dice al fin. Empieza a dar explicaciones, pero deja varias frases sin terminar y se queda pensativo. El sacerdote de Milán, que ya tiene más de 80 años, ha visto muchas cartas de esta índole a lo largo de su carrera en el Vaticano, y algunas incluso las ha firmado él mismo. Esta la había firmado su antiguo superior. Pero hay algo que no cuadra.

El documento es uno de los 20 intercambios de correspondencia que CORRECTIV había recopilado en una investigación a nivel mundial durante los últimos dos años. Obispos de Estados Unidos, Italia, Colombia, Portugal, Australia, Austria y Alemania se habían dirigido al Vaticano por carta debido a que algunos sacerdotes habían abusado sexualmente de menores. Y la central respondió.

Los documentos revelan la existencia de una red de crimen organizado en el Vaticano: desde hace al menos 100 años, los dirigentes de la Iglesia católica intentan ocultar los actos de violencia más atroces cometidos contra menores haciéndolos desaparecer en un sistema burocrático.

Las cartas revelan que el personal del Vaticano solía asignar números de protocolo a los hechos. Se recopilaron denuncias de delitos sexuales cometidos por sacerdotes procedentes de todos los rincones del mundo, se archivaron meticulosamente, se clasificaron… y se encubrieron. Solo así podían continuar los abusos, sobre todo para desgracia de los afectados. Y es que el abuso cambia la vida de las personas para siempre. Su trauma destruye la confianza en otros adultos, afecta a sus relaciones familiares o les sumerge en una profunda depresión. A menudo luchan por conseguir que la Iglesia les indemnice económicamente, incluso décadas después, como reconocimiento de su sufrimiento, o que al menos les ofrezcan una disculpa.

Sin embargo, aunque durante mucho tiempo las críticas públicas y las demandas de esclarecimiento se dirigían principalmente a los obispos locales, los expedientes revelan que faltaba una parte de la historia. Hasta ahora se ha hablado muy poco de la responsabilidad de la sede central. El Vaticano no solo estaba al corriente: a menudo actuaba tarde, llegaba incluso a revocar sanciones y mantenía siempre un secreto absoluto. En la Iglesia reina una «cultura del silencio letal», según afirma incluso un alto dignatario eclesiástico.

Una carta procedente de Alemania pone de manifiesto, como bajo una lupa, cómo el debate público ha pasado por alto la responsabilidad de quienes realmente toman las decisiones: precisamente las instrucciones del que más tarde sería el papa alemán Benedicto XVI permitieron que un sacerdote abusara de más niños. Con esta carta, que los obispos ocultaron durante años y que CORRECTIV sacó a la luz en 2023, se inició la búsqueda de más cartas a nivel mundial. Es probable que los originales se encuentren en los archivos secretos de las diócesis y del Vaticano.

El rastro de los expedientes va desde el exterior, pasando por las diócesis, hacia el centro, es decir, Roma.

 

Capítulo 1

Lo que sabía el Vaticano

En Estados Unidos tuvieron lugar en 2002 las primeras grandes revelaciones. Un equipo de investigación del Boston Globe reveló en su momento el verdadero alcance de los abusos cometidos por sacerdotes. El número superaba con creces los casos aislados: hoy en día se sabe que hay unos 200 autores solo en Boston. Basándose en documentos internos, el equipo de periodistas pudo demostrar cómo actuaba realmente la autoridad eclesiástica local con los autores de los delitos: cómo los cardenales les daban la baja médica o los trasladaban siguiendo un patrón fijo para encubrir los hechos. «Documents don’t lie», afirma Walter V. Robinson, jefe del equipo de periodistas. «Los políticos mienten, los obispos y los cardenales mienten. Pero los documentos no. Y como teníamos los documentos, nadie puso en duda nuestras investigaciones».

Por eso, otras personas también se dedican a recopilar laboriosamente millones de páginas de material, como Terence McKiernan. Él se autodenomina «archivero guerrillero de la Iglesia», ya que, con su organización Bishop Accountability en Estados Unidos ha creado una gran base de datos compuesta por artículos, expedientes y cartas. Entre ellos, también casos que ha sacado a la luz el Boston Globe. Y afirma que solo así se puede comprender la trayectoria vital de un abusador.

La búsqueda de pruebas sobre la correspondencia con el Vaticano llevó también a CORRECTIV a alimentar su colección: en una carta de 1981, el obispo de Oakland (California) solicita al Vaticano que expulse del sacerdocio a un abusador. El caso permaneció en Roma durante seis años, hasta que el papa Juan Pablo II destituyó al sacerdote. En aquella época, Joseph Ratzinger se había convertido en prefecto del organismo supervisor y, por lo tanto, era el responsable.
Durante los seis años que duró el proceso, el agresor volvió a abusar de niños.

CORRECTIV descubrió en Italia otro caso que llegó hasta el Vaticano. En 2003, un obispo se dirigió personalmente a Joseph Ratzinger en relación con un caso de abuso. En 2010, un miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe se informa sobre el estado actual del proceso. Ya han pasado siete años desde que se comunicó el hecho. Dos días antes de esta carta, el propio sacerdote había presentado su solicitud de dispensa del estado clerical.

También en Colombia aparece una carta del Vaticano. En este caso, un funcionario del organismo supervisor preguntó en 2010 a un obispo sobre un caso de abuso: se trataba del subsecretario Damiano Marzotto Caotorta, a quien CORRECTIV había presentado varias cartas. Del número de registro de la carta se desprende que el organismo ya había sido informado del caso en 2004, cuando Joseph Ratzinger aún estaba al frente de dicho organismo. Más tarde, el autor falleció. No está claro cómo se pronunció la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre el caso antes de su muerte.

En estas y otras cartas procedentes de varios países, de las que dispone CORRECTIV, figuran los números de protocolo correspondientes. Y demuestran que el Vaticano no solo estaba al corriente de todo en todo momento, sino que, además, clasificaba sistemáticamente los casos de abusos.

El abuso: archivado en la burocracia del Vaticano

Una de las cartas firmadas por el cardenal Ratzinger

 

El organismo al que llegan las cartas es uno de los más antiguos y poderosos del Vaticano: se trata del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, antes conocido como Congregación para la Doctrina de la Fe. Este organismo se pronuncia sobre la verdadera fe católica y sobre las faltas cometidas por los sacerdotes, es decir, también sobre los casos de abuso. Su director fue, entre 1982 y 2005, el cardenal Joseph Ratzinger, quien más tarde se convertiría en el papa Benedicto XVI. Se le consideraba un teólogo brillante que conocía las cuestiones de fe como nadie. Él dejó su huella en el organismo durante varias décadas. Su firma aparece en muchas de las cartas secretas.

Los documentos contradicen una excusa habitual de la Iglesia cuando se trata de su responsabilidad en la investigación de los abusos: los obispos afirmaban que antes no habían denunciado los casos a Roma porque, al parecer, no fue hasta 2001 cuando se hizo obligatorio informar al Dicasterio sobre los autores de los delitos. Esta norma fue introducida por Juan Pablo II y el cardenal Ratzinger. Sin embargo, la investigación revela que muchas cartas habían llegado al Vaticano ya en los años 80 y 90, y una de ellas apunta a una notificación de 1972.

El organismo ya había enviado anteriormente dos instrucciones secretas a los obispos, donde se establecía que los responsables eclesiásticos debían comunicar al organismo los casos graves ya desde 1922 y 1962. Así pues, parece que la sede central lleva ya 100 años al corriente de los abusos cometidos por sacerdotes.

En algunos casos incluso se retiraron las sanciones impuestas a los autores: CORRECTIV tiene conocimiento de dos cartas en las que el cardenal Ratzinger ordenaba la rehabilitación de agresores. Un caso de Portugal es el más antiguo de la colección. CORRECTIV y el periódico Observador disponen de él en exclusiva. Un monje franciscano que abusó de una niña en 1956 fue denunciado a Roma en 1972. Aunque esta carta no se conserva, en la carta de Ratzinger de 1991 figura un número de protocolo: 174/72. En la carta, levantaba parcialmente la prohibición de confesión que se le había impuesto al hombre hacía 20 años.

Los números de protocolo son esenciales para mantener el orden en los archivos. En el Dicasterio para la Doctrina de la Fe consta de un número de expediente y el año, por ejemplo: 174/72.

Esto significa que el caso se abrió por primera vez en el Dicasterio en 1972. Ese año fue el caso n.º 174 de delitos cometidos por sacerdotes o cuestiones de fe que se planteaban allí. Por regla general, a cada escrito sobre este tema, independientemente del año, se le asigna un número de protocolo único para que todos los documentos se archiven juntos. Poco después, el sistema se amplió: además del número de expediente y el año, a los documentos se les añadió un número consecutivo tras un guion. Este número es único para cada documento que entra o sale de la Congregación para la Doctrina de la Fe y se va incrementando independientemente de cada caso.

 

En algunos casos, Ratzinger también impuso sanciones: algunos culpables fueron destituidos del sacerdocio o expulsados de la Iglesia. Sin embargo, reincorporó a la Iglesia, tras unos tres años, a un delincuente alemán al que Ratzinger había excomulgado. De este modo, el hombre, del que la Iglesia sabía que había abusado de menores, pudo volver a trabajar sin restricciones en una nueva diócesis.

De los documentos se desprende claramente la verdadera intención de la autoridad eclesiástica: proteger la institución y evitar escándalos. En dos cartas distintas se afirma que el conocimiento de esos hechos podría ser «causa de escándalo entre la comunidad de los fieles». El «bienestar de la Iglesia en su conjunto», como la denomina Ratzinger en su respuesta a Oakland, es evidentemente más importante que la de sus miembros más jóvenes.

El derecho eclesiástico, también conocido como «derecho canónico», se recoge principalmente en el Codex Iuris Canonici (o Código de Derecho Canónico, abreviado CIC). Además, el derecho se amplía mediante órdenes papales y diversos decretos. A diferencia del derecho estatal, la justicia eclesiástica está marcada por la teología. Las sanciones más graves son la excomunión, es decir, la expulsión de la comunidad eclesiástica, que puede ser revocada, y la destitución del sacerdocio, es decir, del ministerio sacerdotal, que es definitiva.

 

Hasta la fecha, el derecho canónico no considera la violencia sexual contra los niños como una violación de su integridad física ni de su salvación espiritual. En lugar de ello, para los sacerdotes constituye una infracción del sexto mandamiento, que reza: «No cometerás adulterio». Dado que los sacerdotes viven en el celibato obligatorio, es decir, que con la ordenación establecen un pacto con Dios y deben llevar una vida de abstinencia sexual, el abuso supone una ruptura del celibato.

 

Capítulo 2

Los armarios secretos
del Vaticano

Todos los casos de abusos cometidos por sacerdotes se conservan, por norma general, en archivos confidenciales, según explica monseñor Marzotto, quien se mostró muy sorprendido por una de las cartas. Él trabajó como subsecretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe bajo el mandato del cardenal Ratzinger. Cuando se le pregunta, señala hacia un armario archivador: «Armadi» (armarios), dice.

El historiador eclesiástico Hubert Wolf, de la Universidad de Münster, es un asiduo de los archivos vaticanos. Él también sabe que existe la categoría «Fonti Riservate», en la que se incluyen los casos relacionados con sacerdotes. Y el propio Ratzinger contó en una entrevista en 1998 que existía una «caja fuerte especial» con los delitos cometidos por sacerdotes que «tampoco pueden hacerse públicos». Aunque los fondos históricos de los archivos vaticanos se están abriendo poco a poco a la investigación, parece que estos armarios seguirán cerrados.

Según diversas fuentes, algunos expedientes también se conservarían en el archivo de la Secretaría de Estado, una entidad que combina funciones de la Cancillería Federal y del Ministerio de Asuntos Exteriores.

No se sabe cuántos documentos hay en total en los archivos del Vaticano.

El secretismo ha permitido que los delitos contra menores se siguieran cometiendo durante décadas: en un primer momento, por parte de obispos que no denunciaban a los autores a Roma, o lo hacían solo tras varios años, y que negociaban acuerdos de silencio con las víctimas. Y más tarde, por parte de responsables del Vaticano, como el cardenal Ratzinger, que en 2001 incluso endureció aún más la obligación de confidencialidad. No fue hasta 2019 cuando el papa Francisco la derogó. En los últimos años, la autoridad eclesiástica, también bajo el pontificado de Francisco, ha adaptado algunos aspectos del derecho canónico ante la presión pública. Así, los obispos se enfrentan a sanciones que pueden llegar hasta la destitución si no denuncian los casos; además, se han mejorado las medidas de prevención. Sin embargo, desde el punto de vista del derecho canónico, las personas que han sufrido abusos siguen quedando fuera del sistema. Hasta la fecha se sigue rechazando una investigación transparente de las responsabilidades del Vaticano.

Según datos de Charles Scicluna, antiguo colaborador cercano de Ratzinger y actual secretario adjunto del organismo, se han registrado 2100 casos tramitados por el organismo solo entre 2001 y 2010. Detrás de cada hecho hay el sufrimiento de una o varias personas. Solo en Francia, un estudio de 2023 calculó que había aproximadamente 216 000 víctimas en la población del país que habían sufrido abusos por parte de clérigos; si se suman las personas que sufrieron abusos por parte de laicos en el ámbito católico, son unas 330 000. En Estados Unidos, Terence McKiernan, de Bishop Accountability, calcula que el número de posibles víctimas asciende a unas 250 000. A nivel mundial, probablemente sean varios millones.

 

CORRECTIV erzählt die Geschichte eines organisierten Verbrechens im Vatikan in mehreren Formaten: Als Buch, als Kinofilm, auf der Theaterbühne und als Recherche.

«Quemar todo el material de inmediato»

El Vaticano no solo creó un archivo secreto con los expedientes de abusos, sino que incluso ordenó la destrucción de documentos sensibles. Así lo demuestra una directiva enviada desde el Vaticano a Viena en 1938, poco después de la invasión de Austria por parte de Hitler: los expedientes sobre abusos sexuales a menores debían ser quemados, al parecer por temor a que el material pudiera caer en manos de los nazis. La orden manuscrita nunca salió de Roma; solo se le mostró al mensajero que la llevó a Austria.
En este punto cabe destacar que la orden manuscrita no lleva número de protocolo. A raíz de la investigación de CORRECTIV, estos documentos han sido analizados por el historiador Davide Jabes. (Lea aquí un análisis exclusivo sobre el hallazgo.)

Orden a los obispos austriacos de quemar documentos

 

Dado que la curia romana es una de las instituciones más antiguas del mundo, los archivos vaticanos pueden considerarse la «memoria de la humanidad», opina Thomas Schüller, especialista de Münster en derecho canónico. Muchos de los acontecimientos políticos y eclesiásticos de los últimos siglos se conocen porque «el Vaticano siempre ha conservado todo de manera óptima, casi ejemplar».

Sin embargo, parece que la memoria de la humanidad tiene lagunas intencionadas. Esto se debe, entre otras cosas, a que algunos expedientes parece que ni siquiera se archivan, se clasifican incorrectamente o se destruyen a nivel regional. Además de los expedientes quemados en Austria en 1938, hoy en día las diócesis también están sujetas a plazos tras los cuales ya no están obligadas a conservar determinados expedientes.

 

Los documentos de Joseph Ratzinger tampoco están completos. Su antiguo secretario privado, Georg Gänswein, contó en una entrevista en 2023 que había entregado algunos documentos al Archivo Central del Vaticano y al Dicasterio para la Doctrina de la Fe, y que había destruido correspondencia privada. En respuesta a las varias solicitudes de CORRECTIV, Gänswein comunicó que, por principio, no respondería a ninguna pregunta.

 

Capítulo 3

La carta que no
debería existir

Y luego está esa carta para la que nadie tiene una explicación. Algo que incluso ha dejado perplejo al propio exsubsecretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, monseñor Marzotto. Los documentos sobre los autores que ha recopilado CORRECTIV llevan un número de expediente. De este modo, se puede rastrear su origen en los archivos del Vaticano. Todos salvo la orden manuscrita de la década de 1930 de quemar los expedientes, así como una carta de Joseph Ratzinger sobre el sacerdote Peter H. Precisamente un caso que afecta al antiguo arzobispado de Ratzinger.

Es uno de los casos alemanes más conocidos, ya se ha informado sobre él en numerosas ocasiones. Su historia también debe contarse en esta ocasión. En este caso se ve más claro que en cualquier otro: dado el carácter confidencial de los documentos, los debates públicos se limitaron en su mayoría al ámbito regional, por lo que no se percibió la responsabilidad del Vaticano. El caso persigue a Ratzinger a lo largo de todas las etapas importantes de su vida: lo conoce primero como arzobispo de Múnich y Freising.

Poco después, de nuevo en la Congregación para la Doctrina de la Fe. Tanto como papa como papa emérito, el debate sobre su responsabilidad vuelve a acaparar su atención.

El caso que persigue al antiguo papa

En 1980, dos años antes de que Joseph Ratzinger se trasladara a Roma, se decidió en una reunión celebrada en Múnich admitir al sacerdote Peter H., de Essen. Ya ha abusado de niños en Bottrop y Essen: se supone que debe seguir una terapia en Múnich. Sin embargo, la terapia no da resultados: en el verano de 1986, un tribunal condena a H. a una pena de libertad condicional y a una multa por varios delitos de abuso infantil. Los jueces no han impuesto ninguna restricción para trabajar con niños y jóvenes, a pesar de que un perito le haya diagnosticado pedofilia. Todo eso era de conocimiento público en el arzobispado. La dirección, no obstante, desea reincorporar al sacerdote.

El psiquiatra de H. le prohíbe por completo el consumo de alcohol, incluso durante la misa, ya que solía beber cuando abusaba de los niños. Por eso, el arzobispado envía una solicitud a Roma para que se permita al sacerdote celebrar la misa sin vino. El permiso es expedido por el Vaticano y está firmado por el cardenal Ratzinger. Aunque en la carta del arzobispado se mencionan los delitos del sacerdote y se adjunta un certificado con el diagnóstico de «pedofilia», la autorización no hace referencia alguna al abuso. A Peter H. se le permitió volver al trabajo y ocuparse de jóvenes. Su reincorporación no quedó sin consecuencias: al parecer, Peter H. también abusó de varios niños en la siguiente parroquia.

Uno de ellos es Andreas Perr. H. abusó de él cuando tenía unos 11 años en el municipio de Garching an der Alz, en Alta Baviera. El trauma de una noche le destrozó la vida para siempre; hoy está en la cárcel por delitos relacionados con las drogas. Sin embargo, el autor del delito está en libertad y ya no puede ser procesado penalmente. Por ello, Perr demandó al arzobispado de Múnich y Freising por daños y perjuicios, así como al papa Benedicto, ya fallecido. En los 2000 años de historia de la Iglesia, nunca se ha juzgado a un papa ante un tribunal civil. El procedimiento aún no ha concluido.

Así pues, Ratzinger no puede zafarse de este asunto, ni siquiera en su última etapa como papa emérito. Pero incluso antes de renunciar al papado tuvo que enfrentarse a él de nuevo: en 2010, el caso H. sale a la luz pública por primera vez, cuando los medios internacionales se preguntan qué relación tiene el papa con un abusador. El tema vuelve a cobrar actualidad en 2022, cuando se publica un informe que pretende investigar el tratamiento dado a los delincuentes sexuales en la archidiócesis. En ambos años, el debate se limita al papel de Ratzinger como arzobispo, ya que la autorización para usar zumo de uva sigue siendo secreta para el público.

Aunque el informe aborda el caso de Peter H., no entra en detalles sobre la correspondencia con el Vaticano, como, por ejemplo, que Ratzinger hubiera firmado la carta. Martin Pusch, uno de los expertos, afirma al respecto que se habían limitado «deliberadamente al papel del cardenal Joseph Ratzinger en su calidad de arzobispo». Sin embargo, Pusch da por hecho que
«existen expedientes correspondientes a dichos casos en la Congregación para la Doctrina de la Fe». Un año después, CORRECTIV recibe el documento. Ahora queda claro que la responsabilidad de Ratzinger no terminaba a las puertas de Roma.

Tras la publicación de la carta por parte de CORRECTIV, uno de los asesores más cercanos a Benedicto XVI presentó dicha carta como el resultado de un trámite rutinario en el Vaticano. Ratzinger a menudo firmaba cartas, sin haberse detenido a analizarlas en detalle. La propia carta contradice esta afirmación: al no constar un número de protocolo, queda descartado el hecho de que se tratara de una acción rutinaria.

La Archidiócesis de Múnich y Freising informó a CORRECTIV, en respuesta a su consulta, que las preguntas sobre la gestión de archivos del Vaticano —lo que incluye el número de protocolo— solo pueden ser respondidas por este último. Para todas las demás preguntas, remite al dictamen de 2022. Uno de los antiguos secretarios privados de Ratzinger, Josef Clemens, no responde ninguna pregunta y se remite al juramento de cargo que prestó. Trabajó para el cardenal Ratzinger durante el período en que se redactó la carta del zumo de uva.

El especialista en derecho canónico Schüller señala que Ratzinger fue «un prefecto muy meticuloso y preciso», «que siempre prestaba mucha atención a estos asuntos, sobre todo cuando procedían del ámbito germanohablante. No firmó nada a ciegas». El antiguo secretario particular del cardenal, Bruno Fink, confirma: «Ratzinger siempre lo ha leído todo, de eso estoy seguro».

Pero precisamente en esta carta falta el número de protocolo y ninguno de los expertos entiende cómo puede ser eso. En realidad, no debería haber ninguna carta sin número. «Sinceramente, no me lo explico, tratándose de una carta del prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe dirigida a un cardenal», afirma el historiador Wolf. El exsacerdote y experto en derecho canónico Patrick Wall opina: «La falta del número puede deberse a varias razones; podría tratarse de un contratiempo. «Ratzinger no sufre contratiempos». Y afirma con seguridad: «La falta del número en el caso de Peter H. no es un error».

Falta el número de protocolo en la carta del cardenal Ratzinger a Peter H.

 

Sin el número, el documento plantea una cuestión fundamental, según explica Schüller, experto en derecho canónico: «¿Se ha archivado siquiera?». A petición de CORRECTIV, un contacto en el Vaticano comprueba qué documentación hay sobre el caso y, al parecer, encuentra documentos a partir de 2010. Así pues, el año en que el caso salió a la luz, Peter H. fue denunciado ante la Congregación para la Doctrina de la Fe por abusos, y ya no solo por problemas con el alcohol. El organismo asignó un número: 163/2010. Normalmente se habría vuelto a utilizar el número anterior. Schüller confirma que hay indicios claros de que, efectivamente, en 1986 nunca se creó ningún número. No se sabe si está escondido en uno de los armarios secretos o si nunca llegó allí y fue destruido. A pesar de toda la nueva información, el texto sobre el zumo de uva sigue siendo un misterio. Otro vacío en la memoria.

La magnitud ya se conocía

En el debate sobre si el cardenal Ratzinger actuó con suficiente firmeza contra los abusadores, sus adeptos suelen contar una y otra vez una historia: como director del organismo en Roma, el caso de Marcial Maciel Degollado llegó a su mesa. El fundador de los «Legionarios de Cristo» aportó a la Iglesia católica, a través de su organización, numerosos sacerdotes jóvenes y mucho dinero. Miembros de alto rango de la curia se beneficiaron de su red de contactos, y él gozaba de la simpatía personal de Juan Pablo II. En el Vaticano ya se sabía desde los años 40 y 70 que llevaba décadas abusando de esos jóvenes sacerdotes. Algunos de ellos se dirigieron al Vaticano a partir de 1997. El cardenal Ratzinger se vio obligado a suspender la investigación contra Maciel porque la influencia de este era demasiado poderosa. Poco después de ser elegido papa, Ratzinger ordenó a su antiguo organismo que sancionara por fin a Maciel. Se ordenó al anciano de 85 años que pasara sus últimos años de vida en «penitencia y oración». Según cuenta la leyenda, Ratzinger carecía de poder hasta la muerte de Juan Pablo II, pero tomó medidas cuando este ya no pudo seguir protegiendo a Maciel.

Aunque Maciel fue sin duda una figura influyente, el cardenal Ratzinger podría haber intervenido en el caso de otros agresores que nadie conocía fuera de sus comunidades: en Oakland, en Portugal, en el caso de Peter H. y en muchos otros casos.

 

 

Los resultados de esta investigación demuestran que las excusas habituales de la autoridad eclesiástica no pueden ser ciertas. El volumen debe haberse conocido siempre si los archivadores están llenos de material: las decisiones sobre los autores se

tomaron con conocimiento de causa. Tampoco se trataba de un problema regional, como aseguraban los obispos y los responsables del Vaticano al inicio del escándalo: «¿Por qué tengo que ponerme el zapato de los estadounidenses si no me queda bien?», protestó Karl Lehmann, exobispo de Maguncia. Que el zapato encaja queda demostrado por los documentos alemanes de la década de 1930, así como por todos los demás documentos que revelan los agresores de todo el mundo. Es poco probable que se trate de casos aislados si ya en 1922 existía una autoridad competente, lo cual se confirmó en 2001.

Charles Scicluna, secretario adjunto de dicha autoridad, declaró en una entrevista que, entre 1975 y 1985, «no se envió a la Congregación para la Doctrina de la Fe ni una sola denuncia de casos de pedofilia entre el clero». Sin embargo, precisamente en esa época (1981) llegó al organismo la solicitud del obispo de Oakland de expulsar a su sacerdote del clero debido a sus «relaciones cuestionables con niños pequeños».

Solo el Vaticano sabe cuántos números de protocolo ha asignado hasta ahora.

 

Capítulo 4

La clave del
esclarecimiento

 

Varios expertos señalan que el papa también estaba al corriente de las cuestiones debatidas en la Congregación para la Doctrina de la Fe: cada semana, el prefecto y el papa celebraban una reunión, y el papa tenía la última palabra sobre las expulsiones del clero.

El nuevo papa, León XIV, no responde a las preguntas de CORRECTIV. Para empezar, remitió el asunto a la Comisión Pontificia para la Protección de los Menores, y la solicitud recibió asimismo un número de expediente: 404/2025. La Comisión no está en condiciones de pronunciarse al respecto. Tras enviar otras dos cartas al papa y varios intentos de hablar con él en su residencia de verano de Castel Gandolfo, no se obtuvo ninguna respuesta. La Congregación para la Doctrina de la Fe sigue sin pronunciarse, a pesar de las 20 solicitudes que se le han enviado.

Cada vez que este tema cobra relevancia, los cardenales y los papas se apresuran a lamentar públicamente las terribles atrocidades que se han cometido contra las víctimas. De las cartas se desprende claramente que lo único que les ha importado es salvar su honor.

Thomas Doyle, especialista en derecho canónico y antiguo colaborador de la embajada vaticana en Estados Unidos, recuerda que, durante su etapa allí, en los años 70 y 80, muchos altos cargos tenían conocimiento de los abusos sexuales cometidos por sacerdotes, y que incluso hablaban de ello con miembros de la curia. Tal y como él lo describe, parece que hubiera existido un «círculo de iniciados».

Y fue precisamente el secretario adjunto del organismo, Scicluna, quien afirmó en 2012 que en la Iglesia imperaba una «cultura letal del silencio, u omertà, que es en sí misma falsa e injusta». La omertà es el código de silencio de la mafia. Reconoce que, para los responsables de la Iglesia, la buena reputación de la institución ha sido más importante que investigar los delitos cometidos. Scicluna tampoco ha respondido a las preguntas que se le han formulado.

Las cartas que esta investigación saca a la luz son como mirar los archivos secretos por el ojo de la cerradura. Dan una idea de las conclusiones que se podrían obtener de todo un archivo: «Dado que la Iglesia católica es tan metódica y está tan bien organizada, unos pocos ejemplos nos permiten reconstruir el panorama completo», afirma Terence McKiernan, de Bishop Accountability. Casi como si a los prefectos y obispos «se les mirara por encima del hombro».

El historiador eclesiástico Wolf insta a la Iglesia católica a que haga públicos todos los expedientes sobre abusos: «Me gustaría ver todas las fuentes romanas de 1900 a 2025 en la Secretaría de Estado, pero, sobre todo, en la Congregación para la Doctrina de la Fe». Quiere hacerse una idea de quién —desde el simple empleado hasta el papa— tenía conocimiento de ello y cómo se tomó esa decisión. El abogado Martin Pusch, autor del informe sobre el arzobispado, también aboga por la creación de una comisión internacional e interdisciplinaria que se encargue de examinar el material.

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Walter Robinson, del Boston Globe, opina: «El mayor problema de la Iglesia sigue siendo la falta de transparencia. No comprenden que deben hacer una confesión completa para que la gente pueda volver a confiar en ella». Duda que la Iglesia aceptara la divulgación de los expedientes, «y no sé si sobreviviría a ello».

La periodista italiana Federica Tourn lleva años investigando casos de abusos y afirma con convicción: «Si la Iglesia mostrara realmente transparencia en lo que respecta al abuso sexual, todo se vendría abajo». Porque «la estructura de la Iglesia se sustenta en ese silencio».

Terence McKiernan, el coleccionista de documentos de Estados Unidos, se pregunta quién tiene derecho a acceder a los documentos: «¿A quién pertenecen estos documentos? ¿Realmente pertenecen a los responsables que no solo toleraron los abusos, sino que, en algunos casos, incluso los orquestaron?
¿O acaso pertenecen a las personas que sufrieron abusos durante su infancia?».

Jennifer Stein, una abogada estadounidense que ha representado a varias víctimas del agresor de Oakland, también está firmemente convencida de que el acceso a los expedientes les ayudaría, ya que así por fin se les creería. «La Iglesia católica podría pasar de las palabras a los hechos si quisiera; podría dejar de guardar sus secretos y hacer pública toda la información».

Cuando el Boston Globe sacó a la luz los abusos en Estados Unidos en 2002, un asesor del cardenal de Boston le dijo al periodista Walter Robinson: «Tú llevas un año en ello, pero la Iglesia lleva siglos. Y cree que podrá capear esta tormenta». Robinson dice hoy: «Creo que aún lo sigue creyendo».

El experto en derecho canónico Patrick Wall opina: «Los delitos de abuso sexual infantil y el encubrimiento sistemático forman parte del ADN de la Iglesia católica romana». Dado que, en la práctica, está estructurada como una monarquía, está convencido de que «la misión del papa es preservar la unidad. Por eso no va a cambiar nada».

Las respuestas se encuentran en los armadi, los armarios del Vaticano.

469/81s. | Oakland, California (EE. UU.)

  • 1981: Solicitud de expulsión del clero presentada por el obispo de Oakland
  • 1985: Tras varias solicitudes, llega una respuesta del cardenal Ratzinger: a pesar de todas las razones de peso para despedir a ese hombre, el Dicasterio necesita más tiempo para tomar una decisión al respecto. Hay que tener en cuenta la juventud del sacerdote: despedirlo ahora podría perjudicar al bien de toda la Iglesia.
  • 1987: Un día antes de cumplir 40 años, es expulsado del sacerdocio
  • Según los expertos, en aquella época era habitual no expulsar del clero a los sacerdotes menores de 40 años. Había escasez de sacerdotes, y la dirección de la Iglesia bajo el pontificado de Juan Pablo II esperaba que problemas como el deseo de casarse o las faltas sexuales desaparecieran con la madurez.

11/96-06996 | Milwaukee, Wisconsin (EE. UU.)

  • Julio de 1996: Denuncia del obispo Rembert G. Weakland contra dos agresores ante el Dicasterio para la Doctrina de la Fe
  • Uno de los sacerdotes había abusado de unos 200 niños en una escuela para sordos
  • Marzo de 1997: El obispo escribe a la máxima instancia judicial del Vaticano, la Signatura Apostólica, ante la falta de respuesta
  • Marzo y abril de 1997: Las respuestas del Dicasterio (secretario Tarcisio Bertone) y de la Signatura Apostólica se solapan. El Dicasterio es competente en la materia; se permite al obispo actuar de conformidad con el decreto de 1962; se inicia un proceso disciplinario con el objetivo de expulsarlo del estado clerical
  • Enero de 1998: El sacerdote intenta impugnar el procedimiento ante el Dicasterio
  • Abril de 1998: El Dicasterio suspende el procedimiento y pide que se agoten otras vías legales
  • Tras una reunión celebrada en mayo de 1998, los obispos deciden poner fin al proceso disciplinario en curso e iniciar uno por la vía administrativa
  • 21 de agosto de 1998: Fallecimiento del sacerdote 174/72 | Lisboa, Portugal
  • 1956: Abuso de una niña
  • 1972: Denuncia ante el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, seguida de la prohibición de confesión
  • 1991: El cardenal Ratzinger levanta parcialmente la prohibición de confesión

174/72 | Lisboa, Portugal

  • 1956: Abuso de una niña
  • 1972: Denuncia ante el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, seguida de la prohibición de confesión
  • 1991: El cardenal Ratzinger levanta parcialmente la prohibición de confesión

70/89s. | 1989 Springfield, Illinois (EE. UU.)

  • 1985: Un sacerdote de Springfield es condenado a 14 años de prisión por acoso sexual; los medios de comunicación informan al respecto
  • Febrero de 1989: El obispo de Springfield solicita ayuda al Dicasterio, mientras que el sacerdote se niega a solicitar él mismo la excomunión
  • Julio de 1989: Respuesta del Dicasterio, a cargo del cardenal Ratzinger: mientras el sacerdote no lo solicite él mismo, el Dicasterio no puede hacer nada; referencia a las normas penales del CIC

305/2003-31697 | Savona, Italia

  • 2003: El obispo remite el caso de un sacerdote de Savona al Dicasterio
  • Abril de 2006: Reunión del obispo con Scicluna en Roma
  • Abril de 2006: El Dicasterio decide que el sacerdote debe solicitar la exención del estado clerical; de lo contrario, la diócesis deberá iniciar un procedimiento disciplinario
  • Alrededor de 2009, el afectado, Francesco Zanardi, se pone en contacto con la diócesis y presenta una denuncia contra el sacerdote
  • Marzo de 2010: Ladaria, secretario del Dicasterio, solicita información actualizada
  • Dos días antes, el sacerdote presenta su solicitud de dimisión, probablemente a petición del nuevo obispo

578/2004-32056 | Pereira, Colombia

  • 2002: Primeras acusaciones contra un sacerdote
  • 2004: El obispo de Pereira denuncia al sacerdote ante el Dicasterio
  • 2006: Al parecer, el Dicasterio ordena un procedimiento por vía administrativa
  • 2010: La fiscalía abre una investigación tras nuevas acusaciones
  • 2010: El subsecretario Damiano Marzotto Caotorta pregunta por la situación actual
  • El obispo responde en un primer momento que el caso está resuelto, pero luego tiene que admitir que el sacerdote ha sido condenado a una pena de prisión
  • 2014: Muerte del sacerdote

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